Desde un contexto europeo, la gestión de los residuos es uno de los problemas ambientales y económicos que más preocupa a la sociedad. Entre los diferentes tipos de residuos se encuentran las baterías que por su composición y características una vez usadas se convierten en residuos peligrosos.

En el año 2011, la industria española generó 42.9 millones de toneladas de residuos de los cuales el 3.3% correspondían a la categoría de peligrosos, según el INE. En la recogida por separado de residuos urbanos se consiguió unir 1.9 miles de toneladas solo de pilas y acumuladores [1], los cuales están regulados por una legislación específica que tiene como objetivo gestionar estos residuos de la manera más indicada para evitar que las sustancias nocivas que incorporan se extiendan contaminando el medio que nos rodea.

Para evitar en la medida de lo posible esta situación, se pone en marcha una jerarquía de residuos que trata de prevenir en primer lugar la cantidad excesiva del uso de este tipo de residuos, seguido de la apuesta por la preparación para la reutilización, la valorización y por último, la eliminación.

Para cualquiera de esas cuatro situaciones hay que tener claro qué es cada concepto, así como saber cuál es el tratamiento más indicado para cada residuo en concreto.

Dentro de estos residuos, las baterías usadas si no se gestionan de forma adecuada pueden llegar a contaminar el medio ambiente y suponer un riesgo para la salud humana por el carácter tóxico de algunos de sus componentes.

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